viernes, 29 de marzo de 2019

EDUCAR


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Al analizar la situación de la educación actual y al proponer los cambios que son necesarios para alcanzar una mayor calidad en el sentido amplio y profundo del término, y caminar hacia una educación en sintonía con las circunstancias de este nuevo siglo que se abre ante nosotros, lleve al hombre a su perfección y a la felicidad de haberse realizado como persona, la figura del docente sigue estando como pieza clave de esa educación humanista que se centra en lograr un progreso de la persona hacia su propia realización. “En aplicar un sistema de valores y un estilo personal de la vida” de (Maslow, 1979). Por eso, resulta en la actualidad imprescindible confirmar que las reformas educativas se tienen que hacer fundamentalmente en la cabeza de los docentes.
No obstante lo afirmado en la parte introductoria de este trabajo, hay que reconocer que el papel del docente ha cambiado sobremanera a partir de la introducción en todas las esferas de la vida diaria de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación. Se plantean nuevo retos pues sus tareas se han diversificado y ampliado, y en las circunstancias en las que tienen que desarrollarse son cambiantes y complejas, pero si volvemos la mirada hacia el pasado, si repasamos la vida y la obra de los grandes educadores, veremos que los rasgos esenciales de la función docente no han variado sustancialmente, sino solamente las circunstancias en las que se desarrolla y que sin duda le van dando a esos rasgos una creación distinta, que ciertamente exige una renovación y ciertos cambios profundos en su formación (García, 1999). Estos rasgos podríamos agruparlos en torno a tres ejes: El saber, El Saber hacer y El Ser sobre los que tendría que organizarse el currículo formativo de los profesores.
El Saber: El docente tiene que ser un especialista en las disciplinas que enseña y para ello necesita una sólida formación de los conocimientos y habilidades que la constituyen. Para poder enseñar algo hay que conocerlo en profundidad, hay que tener bien asimilados los conocimientos, haberlos interiorizado y constituido de manera personal. Solamente así podemos hacerlos inteligibles e interesantes a nuestros alumnos.
El Saber Hacer:  No basta que el docente sepa, sino que tiene que saber transmitirlo, incluso más, tiene que saber organizar situaciones de aprendizaje que permitan a sus alumnos poner en práctica procesos y operaciones que les permita construir su propio saber.
El Ser: Aunque expuesto en último lugar es el componente fundamental dela función docente, que como apuntábamos en un principio es inseparable de la educadora, ya que el maestro, más que con las palabras influye en su vivencia personal, pues el que enseña aparece ante el alumno no solo como alguien que posee unos saberes sino como “testigo de la verdad y afirmador de valores” (Gusdorf, 1980)
Nuestra sociedad considera el magisterio como una profesión, y sin duda lo es. Pero ¿Hasta qué punto cabe equilibrarla, sin más a otras profesiones? ¿Podemos considerarla primordialmente como medio de subsistencia, aun cuando se conoce la trascendencia social que toda profesión implica? La profesión docente exige la vocación, y ambas tienen que ir estrechamente unidas, ya que la vocación sin profesión hace frecuentemente ineficaz y perjudicial la acción educativa, al encontrarse al educador entre la ilusión, el deseo de hacer y la ignorancia de no saber hacer. La profesión sin vocación conduce al educador al extremo opuesto: un saber hacer carente de ilusión, cuando no de deshumanización. (Gervilla, 1998).
Parece evidente que quien está llamado a esta misión debe poseer aptitudes y cualidades que habrán de tenerse muy en cuenta a la hora de seleccionar a los aspirantes, y por ello resulta disparatado el que accedan a la docencia o a los estudios pedagógicos jóvenes que no han tenido una calificación suficiente para cursar los estudios hacia los que se sentían inclinados, conviviéndose las carreras docentes en una especie de “cajón de sastre”, donde todos han olvidado que ser docente requiere de responsabilidad asumida, responsabilidad respecto del otro y no se puede encomendar a cualquiera.
BIBLIOGRAFÍA
Corts Giner Isabel (2002). Educar: un arte, una ciencia… una vocación. “Escuela Abierta”. PDF

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APRENDIZAJES BASADOS EN PROYECTOS https://www.youtube.com/watch?v=pO1KIMS7stM&feature=youtu.be