EDUCAR
Al analizar la situación de la educación actual y al
proponer los cambios que son necesarios para alcanzar una mayor calidad en el
sentido amplio y profundo del término, y caminar hacia una educación en
sintonía con las circunstancias de este nuevo siglo que se abre ante nosotros,
lleve al hombre a su perfección y a la felicidad de haberse realizado como
persona, la figura del docente sigue estando como pieza clave de esa educación
humanista que se centra en lograr un progreso de la persona hacia su propia
realización. “En aplicar un sistema de valores y un estilo personal de la vida”
de (Maslow, 1979). Por eso, resulta en la actualidad imprescindible confirmar
que las reformas educativas se tienen que hacer fundamentalmente en la cabeza
de los docentes.
No obstante lo afirmado en la parte introductoria de este
trabajo, hay que reconocer que el papel del docente ha cambiado sobremanera a
partir de la introducción en todas las esferas de la vida diaria de las nuevas
tecnologías de la información y la comunicación. Se plantean nuevo retos pues
sus tareas se han diversificado y ampliado, y en las circunstancias en las que
tienen que desarrollarse son cambiantes y complejas, pero si volvemos la mirada
hacia el pasado, si repasamos la vida y la obra de los grandes educadores,
veremos que los rasgos esenciales de la función docente no han variado
sustancialmente, sino solamente las circunstancias en las que se desarrolla y
que sin duda le van dando a esos rasgos una creación distinta, que ciertamente
exige una renovación y ciertos cambios profundos en su formación (García,
1999). Estos rasgos podríamos agruparlos en torno a tres ejes: El saber, El Saber
hacer y El Ser sobre los que tendría que organizarse el currículo formativo de
los profesores.
El Saber: El docente tiene que ser un especialista en las disciplinas que
enseña y para ello necesita una sólida formación de los conocimientos y
habilidades que la constituyen. Para poder enseñar algo hay que conocerlo en
profundidad, hay que tener bien asimilados los conocimientos, haberlos
interiorizado y constituido de manera personal. Solamente así podemos hacerlos
inteligibles e interesantes a nuestros alumnos.
El Saber Hacer: No basta que el
docente sepa, sino que tiene que saber transmitirlo, incluso más, tiene que
saber organizar situaciones de aprendizaje que permitan a sus alumnos poner en práctica
procesos y operaciones que les permita construir su propio saber.
El Ser: Aunque expuesto en último lugar es el componente fundamental dela
función docente, que como apuntábamos en un principio es inseparable de la
educadora, ya que el maestro, más que con las palabras influye en su vivencia
personal, pues el que enseña aparece ante el alumno no solo como alguien que
posee unos saberes sino como “testigo de la verdad y afirmador de valores”
(Gusdorf, 1980)
Nuestra sociedad considera el magisterio como una
profesión, y sin duda lo es. Pero ¿Hasta qué punto cabe equilibrarla, sin más a
otras profesiones? ¿Podemos considerarla primordialmente como medio de
subsistencia, aun cuando se conoce la trascendencia social que toda profesión
implica? La profesión docente exige la vocación, y ambas tienen que ir
estrechamente unidas, ya que la vocación sin profesión hace frecuentemente
ineficaz y perjudicial la acción educativa, al encontrarse al educador entre la
ilusión, el deseo de hacer y la ignorancia de no saber hacer. La profesión sin
vocación conduce al educador al extremo opuesto: un saber hacer carente de
ilusión, cuando no de deshumanización. (Gervilla, 1998).
Parece evidente que quien está llamado a esta misión debe
poseer aptitudes y cualidades que habrán de tenerse muy en cuenta a la hora de
seleccionar a los aspirantes, y por ello resulta disparatado el que accedan a la
docencia o a los estudios pedagógicos jóvenes que no han tenido una
calificación suficiente para cursar los estudios hacia los que se sentían
inclinados, conviviéndose las carreras docentes en una especie de “cajón de
sastre”, donde todos han olvidado que ser docente requiere de responsabilidad
asumida, responsabilidad respecto del otro y no se puede encomendar a
cualquiera.
BIBLIOGRAFÍA
Corts Giner
Isabel (2002). Educar: un arte, una ciencia… una vocación. “Escuela Abierta”.
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